GHERARDO STARNINA. "La Tebaida". Detalle. Hacer clic sobre la imagen para saber más.

 

 

 

 

«El desierto, después de quedar incorporado a la historia de la salvación en el éxodo, adquiere una significación que no perderá jamás»[1].

 

I) Introducción.

 

En el Antiguo Testamento, leemos que Moisés abandona la corte faraónica y huye al desierto, desde donde le será encomendada la gran misión de conducir a los israelitas, en continuo peregrinaje durante cuarenta años, hasta Canán, la tierra prometida. Más tarde, el Profeta Elías, cuya portentosa figura llegó a considerarse reencarnada en Juan el Bautista y hasta en el propio Jesucristo, habita frecuentemente en cavernas de lugares inaccesibles, montuosos, inhóspitos, en el yermo o desierto[2]. La Biblia nos cuenta que, cansado de persecuciones, se retira al desierto, donde suplica a Yavé: «lleva ya mi alma» (Reyes, 19.4). La respuesta llega en forma de alimento, que le permitirá andar cuarenta días y cuarenta noches hasta el monte Horeb. Allí, metido en una cueva, «le dirigió Yavé su palabra». Sale de este mundo elevado al Cielo en un carro de fuego. Siglos después sería erigido en fundador de una de las más importantes órdenes monásticas, nacida al amparo del Monte Carmelo, junto a la fuente del Profeta.

En el Nuevo Testamento, leemos que «apareció en el desierto Juan el Bautista, predicando el bautismo de penitencia para remisión de los pecados. Acudían a él de toda la región de Judea, todos los moradores de Jerusalén, y se hacían bautizar por él en el río Jordán, confesando sus pecados. Llevaba Juan un vestido de pelos de camello, y un cinturón de cuero ceñía sus lomos, y se alimentaba de langostas y miel silvestre» (Marcos, 1. 4-6). A los fariseos que le preguntaban: «¿quién eres?», ¿qué dices de ti mismo?», respondía: «Yo soy la voz del que clama en el desierto» (Juan, 1. 22-23). Más adelante, el propio Hijo de Dios es empujado al desierto por el Espíritu. «Permaneció en él cuarenta días tentado por Satanás, y moraba entre las fieras, pero los ángeles le servían».

(Marcos, 1. 12-13)

En los primeros siglos del cristianismo, de una parte las persecuciones; de otra, los obstáculos que impedían el perfeccionamiento espiritual dentro del mundo, impulsaron a muchos hombres y mujeres a abandonar las ciudades y refugiarse en el desierto, para servir libremente a Dios como solitarios o eremitas. Entre los pioneros, alcanzaron especial renombre San Pablo[3], biografiado por San Jerónimo, que lo presenta como primer ermitaño (228-341), y San Antonio Abad (251-356), cuyo biógrafo fue San Atanasio.

El desierto cobijó a gran parte de los más esclarecidos doctores de la Iglesia, entre otros, San Jerónimo y San Juan Crisóstomo, que en él maduraron su espíritu y practicaron una ascesis rigurosa, a la vez que se ejercitaban en la asimilación de los libros sagrados. «El desierto es en definitiva el lugar de una experiencia suprema, una prueba que conduce fatalmente al hombre más allá de él mismo, hacia el Ángel o hacia la Bestia, hacia el Diablo o hacia Dios.»[4]

Con relación a nuestra Península, desde principios del siglo IV hay testimonios que acreditan la existencia de ascetas y vírgenes, como evidencia el Concilio de Illiberis, celebrado en los años 300-306[5]. Parece que el eremitismo mantuvo especial pujanza durante el dominio visigodo, si bien la oposición de la Iglesia oficial supuso que a partir del siglo VII fuera reduciéndose en beneficio de la vida monástica[6]. Obviamente, aunque luego conviven ambas formas de consagración religiosa, la vida eremítica es anterior a la cenobítica.

Dentro del siglo VII, un caso peculiar aunque quizás no excepcional es el del segoviano San Frutos, junto al cual hacen vida eremítica sus hermanos Engracia y Valentín, dándole ellos mismos sepultura cuando muere, en 715.

En el siglo XI, alcanza especial relieve la figura de Santa Casilda, hija del rey de Toledo Al-Mamún (1038-1075), que a consecuencia de una curación milagrosa consagra a Dios el resto de su vida como eremita en una cueva próxima al monasterio de San Vicente del Buezo, próximo a Briviesca (Burgos).

Aunque voy a referirme exclusivamente a las eremitas, considero oportuno hacer referencia a otra forma de vida penitencial que, aun cuando suponía un estado de máxima reclusión, contó con mayor número de adeptas: el emparedamiento. Abundan las referencias a las emparedadas por toda nuestra Península. Tras un concienzudo estudio, Fr. Justo Pérez de Urbel llegó a la conclusión de que «el emparedamiento parece haber sido una penitencia favorita de las mujeres»[7]. Entiendo que este favoritismo no ha de interpretarse como un fenómeno extraño. El aislamiento y la reclusión se estiman convenientes para la naturaleza femenina. Sin restar mérito a un tipo de penitencia tan rigurosa, diríase que en las emparedadas subyace un inconsciente sometimiento al beneplácito social.

La dependencia de la mujer respecto al hombre conlleva su escasa participación cuantitativa en diversas actividades y actuaciones sociales. Se alude al claustro como opción religiosa femenina prioritaria; pero esta preferencia bien puede deberse a la imposición masculina de recluir a la mujer en espacios cerrados y limitados, ya pertenezca a la vida religiosa o doméstica. Así pues, cuando en nuestra historia encontramos mujeres que destacan en espacios abiertos, generalmente se trata de singularidades que eluden el sistema imperante y se erigen en conductoras de su propia existencia. En definitiva, seres humanos defensores de su individualidad, de su exigencia radical.

Dentro de la Iglesia institucionalizada, a las mujeres generalmente se las consideraba excluidas de la vida eremítica propiamente dicha, es decir, la practicada en lugares desérticos[8]. Sin embargo, consta que en algunas diócesis eran admitidas. Así, por ejemplo, en las Sinodales de Pamplona promulgadas en agosto de 1590 por el obispo Don Bernardo de Rojas y Sandoval, siempre que superaran los cuarenta años de edad.

Es obvio que el eremitismo ofrecía mayores obstáculos a la mujer, sin olvidar el condicionante fisiológico. Pero, quizás la fascinación de talesdificultades sirviera de acicate para que las personalidades singulares, a que acabo de referirme, optaran por ese género de vida ideal dentro del mundo real.

En cuanto a la ficción literaria, la vida eremítica contiene ingredientes tan atractivos como: extravagancia, valentía, heroísmo...; en definitiva, aventura. Éstos cobran mayor fuerza teniendo como protagonistas a mujeres. La preferencia del ser humano por lo extraordinario, fomenta el sensacionalismo que, con distintos fines, se viene utilizando hasta nuestros días. En efecto, la fusión ficción-realidad, resultó una mezcla ejemplarmente eficaz para el adoctrinamiento religioso. Como vamos a comprobar, a veces es difícil discernir cuándo la ficción se nutre de la realidad o cuándo la realidad se genera a impulsos de la ficción.

En el Blanquerna[9] la madre del protagonista, Aloma, sugiere a su marido, Evast, un proyecto de vida eremítica en común[10]. Aunque Raimundo Llull demuestra su preferencia por el claustro, también parece conforme con esta práctica penitencial para la mujer, bajo ciertas seguridades. Lo evidencia la solución dada a la madre de Cana, Anastasia, de que «fabricase una casa delante del monasterio, vecina a la Iglesia, y que allí habitase [...]. Tomó Anastasia este consejo de la Abadesa y de las monjas, y vivió bajo su dirección, dando muybuen ejemplo a todas las señoras que observaban su modo de vida. Vistió humilde y honestamente, semejante en alguna manera al modo de vestir de las religiosas» (Cap. XXVI). La opción de Anastasia está muy próxima a lo que sería la vida de las «eremitas urbanas», si exceptuamos la dependencia de género, que en estas últimas ha de ser bajo control masculino, como ya he apuntado.

Miguel de Cervantes no sólo se acerca a los eremitas en el Quijote[11]. En los Trabajos de Persiles y Sigismunda (Capítulos XVIII y XIX) presenta una pareja de eremitas, Renato y Eusebia, «los limpios y verdaderos amantes», llevados a esa beatífica situación merced a la peregrina historia que cuenta el propio Renato[12]. Instalados en la Isla de las Ermitas, ofrecen a los viajeros la hospitalidad de las que ellos ocupan en la cumbre de una montaña.

Leonor de Vargas, la protagonista de Don Alvaro o la fuerza del sino, del Duque de Rivas, es acusada injustamente por las apariencias. Para huir del desamor de los suyos y de la maledicencia, en la escena VII, decide refugiarse en el desierto, al amparo de un Monasterio de frailes, como sabe que ya lo ha hecho «otra mujer infelice». En consecuencia, solicita del Padre Guardián:

«Resuelta a seguir su ejemplo / vengo en busca de su asilo / dármelo, sin duda, puede / la gruta que le dio abrigo; / vos, la protección y amparo / que para ello necesito, / y la soberana Virgen, / su santa gracia y su auxilio.»

El fraile confirma:

«Diez años ha vivido / una santa penitente / en este yermo tranquilo, / de los hombres ignorada, / de penitencias prodigio. / En nuestraiglesia sus restos / están, y yo los estimo / como la joya más rica / de esta casa, que, aunque indigno, / gobierno en el santo nombre / de mi padre San Francisco. / La gruta que fue su albergue, / y a que reparos precisos / se le hicieron, está cerca: / en ese hondo precipicio. / Aún existen en su seno / los humildes utensilios / que usó la santa; a su lado, / un arroyo cristalino / brota apacible. [...]».

Doña Leonor advierte:

«Y vos, tan sólo vos, ¡oh padre mío!, / sabréis que habito en estas asperezas, / ningún otro mortal.»

En la escena X, don Álvaro, el amado de doña Leonor, que se había acogido a la vida religiosa para huir de su sino fatal, descubre en la puerta de la gruta a «Doña Leonor vestida con un saco y esparcidos los cabellos, pálida y desfigurada».

Pedro Malon de Chaide, literato, teólogo y exégeta del siglo XVI, que asomará en sucesivas referencias, dice así de la mujer:

«La primera calamidad y miseria del hombre es que nace de mujer, de la más mudable sabandija de la tierra, de suerte, que allí se le pega la mudanza y poco asiento y la flaqueza en el bien. Mámalo en la leche, y sabe a la ruin pega del vaso donde se envasó[13]

Tras este aserto, no puede extrañarnos que detrás de la eremita de ficción siempre haya un trasfondo de pecado, real o imaginario. María Magdalena, María Egipciaca y Genoveva de Brabante se proyectan como arquetipos sobre los literatos, a la vez que les deben gran parte de sus respectivas caracterizaciones. Beatriz, la penitente de los Desengaños amorosos, de María de Zayas, no ha sido pecadora, pero sí víctima de la perfidia propia del hombre rechazado, que la inculpará para satisfacer sus deseos de venganza. En la vida real, Catalina de Cardona, eremita del siglo XVI, aunque se autodenomina «la pecadora» no está salpicada por el pecado.

Lo que intento plantear, a través de estos últimos personajes nombrados, es la mezcla de realidad y ficción inserta en sus caracterizaciones; el papel social que desempeñan como sujetos y objetos de ejemplaridad; y tras estos aspectos, un interrogante que siempre me ha seducido: ¿quién imita a quién, la vida a la literatura o la literatura a la vida?, ¿qué es antes?

 

 

II) Las dos mujeres símbolo del eremitismo.

 

La conjunción de ambas constituye un arquetipo. Cronología y similitud aconsejan empezar por estas dos eremitas, que mueren en el desierto tras una vida penitencial muy semejante. María Magdalena y María Egipciaca se retiran al desierto para purgar su pasado pecaminoso; una, impulsada a la vida contemplativa por su amado Maestro; la otra, por la llamada sobrenatural de la Virgen María.

Malon de Chaide destaca cuatro razones que hacen más graves los pecados de María Magdalena. María Egipciaca admite la misma atribución: 1a) «que eran pecados de sensualidad» 2a) «el ser públicos» 3a) «que eran escandalosos» 4a) «ser muchos»

 

II.1. María Magdalena.

Las pocas referencias que contienen los Evangelios en torno a este personaje femenino, son suficientes para acreditar su condición de «elegida» por Jesucristo. Lucas (8.2) cuenta cómo «le acompañaban los doce y algunas mujeres que habían sido curadas de espíritus malignos y de enfermedades. María, llamada Magdalena, de la cual habían salido siete demonios [...]». Consecuencia lógica es que, a partir de esa liberación maligna, ya nunca quisiera abandonar a su Salvador. Cuando se produce la ignominia de la Crucifixión, leemos en Mateo (27. 55-56): «había allí, mirándole desde lejos, muchas mujeres que habían seguido a Jesús desde Galilea para servirle; entre ellas María Magdalena [...]». Juan (19. 25) la sitúa más próxima: «Estaban junto a la cruz de Jesús su Madre y la hermana de su Madre, María la de Cleofás y María Magdalena». Marcos (15. 47) la cita como testigo presencial de la sepultura donde José de Arimatea deposita a Jesús: «María Magdalena y María la de José miraban dónde se le ponía». Juan (20. 1-2) relata que «el día primero de la semana, María Magdalena vino muy de madrugada, cuando aún era de noche, al monumento, y vio quitada la piedra del monumento. Corrió y vino a Simón Pedro y al otro discípulo a quien Jesús amaba, y les dijo: «Han tomado al Señor del monumento y no sabemos dónde le han puesto». Tras la comprobación ocular, ambos discípulos se van; sin embargo:

«María se quedó junto al monumento, fuera, llorando. Mientras lloraba [...], vio a dos ángeles vestidos de blanco, sentados uno a la cabecera y otro a los pies de donde había estado el cuerpo de Jesús. Le dijeron: '¿Por qué lloras, mujer?' Ella les dijo: 'Porque han tomado a mi Señor y no sé dónde lo han puesto'. En diciendo esto, se volvió para atrás y vio a Jesús que estaba allí, pero no conoció que fuese Jesús. Díjole Jesús: 'Mujer, ¿por qué lloras? ¿A quién buscas?' Ella, creyendo que era el hortelano, le dijo: 'Señor, si le has llevado tú, dime dónde le has puesto, y yo le tomaré'. Díjole Jesús: '¡María!' Ella, volviéndose, le dijo en hebreo: '¡Rabboni!', que quiere decir Maestro. Jesús le dijo: 'Deja ya de tocarme, porque aún no he subido al Padre; pero ve a mis hermanos y diles: Subo a mi Padre y a vuestro Padre, a mi Dios y a vuestro Dios'. María Magdalena fue a anunciar a los discípulos: 'He visto al Señor' y las cosas que le había dicho (Juan, 20. 11-18)[14]

Tras esta emotiva escena, aun para los no creyentes, ¿qué camino pudo seguir María Magdalena? Cualquier hipótesis que implique cumplir la voluntad del Amado es válida. ¿Cómo interpretó ella esa voluntad? Cabe pensar que se identificaría con las actuaciones y formas de vida propias de los enfervorizados discípulos directos de Cristo, como lo era ella. Lo cierto es que no parece haber más referencias históricas[15]. Pero el protagonismo de esta mujer, elegida como primer testigo de la Resurrección, no se perdería ya jamás. En la Edad Media servirá de baluarte para reformar las negligencias y vicios en que iban cayendo hasta los propios clérigos, amparados en la prepotencia de la Iglesia como poder fáctico de primer orden. También será figura emblemática para los anacoretas en su porfía con los cenobitas. De ahí que se la incorpore a la «legenda», no en elsentido de fabulación que le damos ahora, sino como modelo ejemplarizante que ha de grabarse mediante la lectura.

Jacobo de la Vorágine, en su Legenda aurea[16], relata ampliamente cómo transcurrió la existencia de María Magdalena, a partir de esa aparición del Resucitado, que acabamos de leer. Alude a «una historia escrita según unos por Hegesipo y según otros por Josefo». En la Legenda se la identifica con María la hermana de Marta y Lázaro; así como con la mujer pecadora que, en casa de Simón el fariseo, lava los pies a Jesús con sus lágrimas, los enjuga con sus cabellos, los besa y unge con ungüento; a la que «le son perdonados sus muchos pecados, porque amó mucho» (Lucas 7. 36-49). Una escena próxima a ésta la relatan Mateo (26. 6-13) y Marcos (14. 3-9). Ocurre en casa de Simón el leproso (que bien puede ser el fariseo de Lucas); pero simplemente se dice que la mujer - sin aludir a su condición de pecadora - derrama ungüento sobre la cabeza de Jesús, ante el escándalo de los discípulos, que lo consideran un derroche. Cristo les hace ver cómo lo ha ungido para su sepultura, afirmando que tal acción se recordará para siempre en todo el mundo. Por último, otra actuación similar a las dos anteriores la protagoniza María, hermana de Marta y Lázaro, que lava los pies del Maestro con sus lágrimas y los unge con un ungüento considerado excesivamente costoso por Judas (Juan, 12. 1-8).

Como hermana de Lázaro, se la hace asímismo protagonista de la escena en que Jesús alaba su actitud contemplativa opuesta al dinamismo de Marta (Lucas, 10. 38-42). Aquí se quiere ver el germen que decidiría su futura vida de penitente.

En la Edad Moderna, los «Flos sanctorum» reproducirán en lo esencial la misma versión. Al igual que en la Legenda, se dice de los tres hermanos que descendían de una familia noble y adinerada. A la muerte de sus padres, María heredó el castillo de Magdalo, del que derivaría su sobrenombre. Rica y bella, se entregó a una vida disipada, que le merecería el apelativo de «la pecadora»[17]. Se convierte al acercarse a Jesús, que expulsó de ella siete demonios, y la colmó de múltiples beneficios.

«[...] Y después que el Señor subió a los cielos, quedó la bienaventurada Magdalena con su hermana santa Marta en la compañía de la Santísima Virgen María nuestra Señora, y de los apóstoles [...]. Y cuando los judíos echaron de tierra de Judea a los santos apóstoles del Señor y a los otros discípulos, pusieron en unabarca sin remos al bienaventurado san Maximino con las gloriosas María Magdalena, y santa Marta y a san Lázaro [...], porque pereciesen en el mar, mas fueron librados por el poderío divinal y llegaron salvos al puerto de Marsella [...]. Allí predicó María Magdalena [...]. Después de muchos milagros, de nuevo con su hermana Marta y san Maximino pasaron a Aquis (en Marsella quedó san Lázaro como Obispo).

[...] Y la bienaventurada santa María Magdalena predicaba con grandísimo fervor la palabra de Dios. Y como quiera que el Apóstol manda que las mujeres no hablen en la Iglesia, este privilegio especial fue dado por Dios a esta mujer apostólica sobre todas las otras. Y acordándose la devotísima santa María Magdalena de la alteza de la contemplación que ella aprendiera a los pies del Redentor cuando fue alabada por haber escogido la mejor parte, apartóse a un desierto muy áspero y moró en él por espacio de treinta años. Y no había en aquel lugar solaz alguno de aguas ni de árboles, ni supo ninguno todo aquel tiempo de ella [...][18]

¿Cuál fue su habitáculo? ¿De qué se alimentaba?

Los ángeles le prepararon una celda en el interior de una cueva. Diariamente, a las horas canónicas, la transportaban al cielo para que asistiera a los oficios divinos en compañía de los bienaventurados; además, le proporcionaban el sustento cotidiano. Cuando así convino, Dios permitió que un sacerdote presenciara el milagro de su elevación y descenso acompañada por los ángeles. No conseguiría acercarse a ella, pero sí que desde el interior de la cueva María Magdalena se diera a conocer, a la vez que le encargaba: «Y porque el Señor Todopoderoso me ha revelado que tengo de salir presto deste destierro, yo te ruego que vayas luego a san Maximino y le digas de mi parte que este domingo primero siguiente se vaya solo a la iglesia cuando se levantare a los maitines; y yo seré allá llevada de los ángeles y allí me hallará». Así se cumplió. En este encuentro, María se muestra con el rostro resplandeciente de los bienaventurados:

«Y haciendo san Maximino ayuntar todo el pueblo, diole el Santísimo Sacramento del cuerpo y sangre de nuestro Señor Jesucristo. Y después que esta bienaventurada mujer hubo recibido la santa comunión derribóse delante el altar, y dio con grandísimo gozo el ánima a nuestro Redentor Jesucristo. Y fue subida a los cielos acompañada de los ángeles [...][19]

La enterró san Maximino. Su cuerpo emanaba un olor delicioso. En tiempos de Carlomagno, entre los años 759-769, se fija el descubrimiento del sepulcro, que fue trasladado a Vézelay[20].

El propósito doctrinal de ejemplaridad, mantenido a lo largo de la Edad Moderna, destaca en la obra más importante y significativa en este sentido, ya citada: La conversión de la Magdalena. Considero suficientemente reveladores los siguientes fragmentos:

«[...] porque, pues la Magdalena fue santa, tan sin guardar Dios el orden y regla ordinaria, que acostumbra en las conversiones de los demás santos, haciéndola tan grande, tan poderosa santa, de tan grande, tan poderosa pecadora, mostrándose Dios absoluto Señor de leyes de conversión, pues de la primera tijera y mano quedó tan acabada, que dejó muy atrás a muchos de los muy aventajados santos, no será mucho que tampoco yo siga el estilo común que suelo en predicar de los santos ordinarios. Y así, pretendo despedirme en este mi sermón de las leyes y preceptos que dan los más acertados predicadores, y gozar de la libertad de mi gusto en el proceder [...][21]. [...] Habiendo sido casada con un marido principal en Magdalo, ora por haberlo dejado, ora por ser muerto, comenzó a dejarse llevar de sus apetitos y dio en las libertades que suelen traer consigo las riquezas y la exención de superior, cuando éste falta. Y así comenzó a gustar del billete y de la guitarrilla, y del sarao y conversación, del paseo y fiestas y músicas, y de cosas semejantes [...]. Así que en la Magdalena el traerse galana, el preciarse de ello, el gustar de ser celebrada por muy dama, la trajo a tanta perdición que ya, como a pública infame, la llamasen la pecadora. [... ] quiere Dios que los pecados de la Magdalena se prediquen y pregonen, cada año por los púlpitos, y no por afrentarla; y para esto quiere que los escriba su historiador, porque con esto la hace más famosa en el mundo y cumple la palabra que le dio allá cenando encasa de Simón leproso, cuando, murmurando los discípulos porque María había ungido al Señor con aquel ungüento extremado, y porque no se había vendido dándolo por mal gastado, díjoles el Redentor, que no le fuesen molestos, que él haría que su nombre y hechos se celebrasen por todo el mundo[22].

Digo, pues, que la Iglesia Católica, no sin sobra de razón, nos da a la Magdalena por ejemplo de penitencia, por donde los que no sabemos salir, ni desenredarnos de nuestros pecados ni por qué pasos va la penitencia, con tan buen guión no la podamos errar. [...] La Magdalena, por los mismos pasos por donde se perdió, por esos mismos buscó su remedio. Había hecho guerra a Dios con boca y ojos y cabello, con olores y blanduras y regalos; pues con todo eso le sirve [...][23].

¡Oh qué dos Marías, cristianos, María Virgen y María Penitente! Las dos lumbreras de nuestro cielo terreno; María Virgen, la mayor, es nuestro sol [...]. Ésta alumbra y gobierna el día a los hijos de la luz [...]. Mas hay otra lumbrera menor, la luna [...]. Preside a la noche, a los pecadores, a éstos da luz para que sepan hacer penitencia. María preside a los inocentes, como el sol al día; Magdalena a los pecadores, como la luna a la noche[24]

La ejemplaridad, obviamente, exige divulgación. En el caso de María Magdalena existió una tradición oral, evidenciada por los Evangelios Apócrifos. En cuanto a la escrita, parece ser que Eudes, abad de Cluny, es autor del sermón medieval más antiguo (principios del siglo X) destinado a conmemorar la festividad de esta santa que se celebra el 22 de julio.

Ya me he referido a la Legenda Aurea, a los Flos sanctorum y a La conversión de la Magdalena, de Malón de Chaide. A estas obras hay que sumar un largo etcétera de otros autores tales como Pedro de Chaves, Lope de Vega, Diogo Mendes Quintela. También cabe hacer referencia a poemas más o menos breves, entre cuyos autores se encuentran Ambrosio Montesino, Antonio Ferreira, Fray Luis de León ...

Otra proyección divulgativa de gran influencia es la ejercida por las artes plásticas, a la cual me referiré en el siguiente apartado sobre María Egipciaca, puesto que la iconografía de ambas eremitas llega a confundirse.

Como ejemplo de lectoras, tomo el testimonio directo de Santa Teresa de Jesús: «Era yo muy devota de la gloriosa Magdalena, y muy muchas veces pensaba en su conversión [...]» (Vida, 9.2).

 

II. 2. María Egipciaca.

Sofronio, arzobispo de Jerusalén (+ 638), escribe con un marcado propósito de ejemplaridad la vida de María Egipciaca. Su principal fuente inspiradora parece ser la vida de una pecadora arrepentida que recogen las Actas de san Ciriaco. Otras fuentes se cree que fueron el Prado Espiritual de Juan Moscho y la vida de San Pablo, el anacoreta de Tebas, escrita por San Jerónimo. Ésta sirve a Sofronio para completar la caracterización de su biografiada [25].

En La Legenda Áurea, Jacobo de la Vorágine sitúa la existencia de esta penitente «hacia el año 270, en tiempos del emperador Claudio». El poema medieval español Vida de Santa María Egipciaca, presenta una gran similitud de contenido. Ambas narraciones parecen basadas en Sofronio. A través de las mismas, se cuenta cómo María Egipciaca abandonó a muy temprana edad el hogar paterno para dedicarse voluntariamente a la prostitución.

Decisivo para su cambio de vida fue un viaje de Alejandría a Jerusalén con el fin de «adorar la Santa Cruz». A la puerta del templo experimentó un rechazo sobrenatural que le impedía la entrada. La Virgen María se la franquea a cambio de una inmediata conversión penitencial, cuyo escenario será el desierto, al otro lado del Jordán. Simbólicamente, recibe tres monedas de plata con las que adquiere tres panes. Éstos constituyen su principal alimento a lo largo de cuarenta y siete años de vida eremítica, según la Legenda. En el Flos Sanctorum ya citado para María Magdalena, se dice que los panes le duran los diecisiete primeros años; luego, come yerbas. En el poema español (vv. 650-652), los tres panes «fueron su mantenencia, tanto como visco en penitencia» (fueron su manutención, mientras vivió en penitencia). Estas contradicciones ponen de manifiesto la refundición de distintas versiones. En versos 767-777, se cuenta que

Cuand' este pan fue acabado

tornó María a las yerbas del campo

Como otra bestia las mascaba

Mas por esso non desmayaba

Por las montañas corría,

las yerbas así las comía

De yerbas e de granos,

visco dizeocho anyos.

Después visco veynte que non comió,

si el ángel non gelo dio.

 

Cuando este pan fue acabado

volvió María a las yerbas del campo

Como otra bestia las mascaba

Mas por eso no desmayaba.

Por las montañas corría

las yerbas así (tal cual) las comía

De yerbas y de granos

vivió dieciocho años

Después vivió veinte que no comió

si el ángel no se lo dio.

 

Con el paso del tiempo, su aspecto físico se deteriora ostensiblemente, como expresa el poema:

Toda se mudó d' otra figura,

qua non ha panyos nin vestidura.

Perdió las carnes e la color.

que eran blancas como la flor;

los sus cabellos, que eran rubios,

tornáronse blancos e suzios.

 

 

Toda se mudó de otra figura

pues no tiene paños ni vestidura.

Perdió las carnes y el color,

que eran blancas como la flor

sus cabellos que eran rubios,

se volvieron blancos y sucios.

 

(vv. 719-724)

 

 

Continúa la descripción (vv. 725-748) con un realismo expresivo, que sugiere la pintura del Bosco: los ojos turbios, sin pestañas; la boca despellejada, su cuerpo renegrido y famélico...

Durante esos cuarenta y siete años no volvió a relacionarse con ningún ser humano, hasta encontrarse con un abad padre del yermo [26], que con motivo de la Cuaresma realizaba las prácticas de aislamiento establecidas para ese tiempo litúrgico, mientras pretendía descubrir la presencia de algún anacoreta. La vergüenza de su desnudez hace huir a la penitente, que no accede a comunicarse con el fraile hasta que le proporciona un manto para cubrirse. Luego le cuenta su vida y pide que al año siguiente, el día de Jueves Santo, vuelva al mismo lugar y le administre la sagrada comunión. Así lo cumple el abad, quien de nuevo es requerido por la santa penitente para que otro año más, en la misma fecha, comparezca a orillas del Jordán portando «el cuerpo del Señor». Fiel a esa segunda cita, queda estupefacto al ver cómo María Egipciaca atraviesa el río de orilla a orilla, caminando sobre las aguas para reunirse con él. Administrada la comunión, la penitente lo emplaza para un año después en el mismo lugar donde se encontraron por primera vez. En esta ocasión, cuando el religioso acude al punto fijado, lo que ve es el cuerpo de María Egipciaca y junto a él un aviso donde se le indica que deberá enterrarla. Había muerto, por voluntad divina, el mismo día de la cita anterior. Para cavar la sepultura, recibe la ayuda prodigiosa de un manso león, que llega tan misteriosamente como desaparece.

El propósito de ejemplaridad doctrinal que conlleva esta leyenda hagiográfica, se pone de manifiesto en el poema español:

 

 

Toda es fecha de verdat

non ay ren de falsedat.

Todos aquellos que a Dios amarán

estas palabras escucharán.

 

Toda está compuesta de verdad

no hay nada de falsedad.

Todos aquellos que a Dios amarán

estas palabras escucharán.

(vv. 4-8)

 

Mucho emendaron de la su vida

por enxiemplo d'esta María;

e nos mismos nos emendemos

 

Mucho enmendaron su vida

por el ejemplo de esta María;

y nosotros mismos hemos de

enmendarnos

 

(vv. 1.437-1.439)

 

 

La tradición de las mujeres penitentes alcanza especial relevancia en la literatura española a partir de este poema versificado en cuaderna vía, que se acomoda en su composición a los dos mesteres, el de Juglaría y el de Clerecía. La iconografía de María Magdalena y María Egipciaca, se convierte en uno de los temas predilectos para los escultores y pintores barrocos. Artistas como Juan de Mena[27] y José de Ribera ofrecen imágenes de patética belleza. La similitud de ambas eremitas llega a confundirse en su representación plástica, apenas diferenciada por los panes, que distinguen a María Egipciaca de la Magdalena.

Ya he citado algunos de los escritores peninsulares que inspiraron sus obras en María Magdalena. En cuanto a la Egipciaca, entre otros cabe citar a Juan Pérez de Montalván, Andrés Sánchez de Villamayor[26], Leonel da Costa Lvsitano, etc.

 

 

III) Dos esposas calumniadas.

 

Personaje real literaturizado, Genoveva; ente de ficción, Beatriz. Ambas eremitas circunstanciales ofrecen gran semejanza entre sí.

 

Genoveva de Brabante.

El jesuita Cerisiers se acerca a la vida de esta Santa, por la que muestra especial veneración, poniendo de manifiesto su autenticidad. Así lo resalta Francisco Sobrino:

«Todos los que han escrito la Vida de Santa Genoveva, y especialmente el Padre Cerisiers, temeroso de que algunos duden de lo admirable de ella, entre otras advertencias, dice que hoy en día se conserva como rico tesoro, en el Archivo de los Padres de la Cartuja de Coblens la Vida de esta Santa, escrita por el Reverendo Padre Matheo Emichio, Religioso del Carmen, asegurando que fue Princesa de la Ilustrísima Casa de los Duques de Bravante [...]; que fue casada con un poderoso Palatino de Tréveris, que en la partida que hizo su marido a la guerra, cayó dos veces desmayada, viéndose encomendar al Mayordomo. Que las maravillas que nuestro Señor obró, hablando con ella un Crucifijo siguiéndola por todas partes adonde iba, se debe entender interior y espiritualmente, así como Dios acostumbra tratar con sus siervos, y que si la cierva sirvió (de ama de leche) al niño por siete años, dice que de la misma suerte sirvió otra a San Gil, y una hiena a San Macario [...]. Lo que puedo asegurar es el haber pasado yo muy cerca de su capilla, adonde tienen por tradición devota todos los fieles que se hallan afligidos, concurrir a buscar en ella su consuelo [...][29]

 

Imagen de Santa Casilda en la iglesia del Santuario de la santa cerca de Briviesca (Burgos)

Según esta biografía de Cerisiers, Genoveva, nació en Brabante (Bélgica), a principios del siglo XII, hija y nieta de duques. Bella, inteligente y virtuosa, fue solicitada en matrimonio por Sigifredo, un conde de la comarca de Tréveris. La boda se realizó con el beneplácito de padres y contrayentes, transcurriendo felizmente la vida del matrimonio hasta que Sigifredo hubo de acudir en ayuda de Carlos Martel, para luchar contra los moros.

Queda entonces Genoveva al cuidado de Golo, Mayordomo en quien confiaba plenamente su marido. La belleza y singular atractivo de Genoveva encandilan de tal manera a Golo, que acaba por declararle su pasión. Al no ser correspondido, urde calumnias repugnantes para encarcelarla en un calabozo del castillo, donde nacerá el hijo que la infeliz lleva en sus entrañas, fruto del amor matrimonial. El despechado completa su ignominia con una carta difamatoria a Sigifredo. Éste, en un arrebato de cólera, manda conducir a su mujer e hijo al bosque, y que allí se les quite la vida. Los criados encargados de ejecutar tal infamia, se compadecen y dejan a madre e hijo a merced de la naturaleza.

 

Es entonces cuando, acogiéndose a la Providencia divina, Genoveva se convierte en eremita. El hábitat que le permitirá subsistir en aquel bosque por medios naturales lo constituyen una cueva, una cierva, agua y la vegetación propia de las distintas estaciones; los elementos sobrenaturales que le permitirán soportar la penuria de su situación serán los ángeles, la Virgen y un crucifijo, del que le hace entrega su ángel guardián.

Transcurridos siete años, Sigifredo sale de cacería y descubre a Genoveva:

«Afirmó más la vista y descubrió ser una muger, sin otra vestidura que una espesa crespa de cabellos que cubría todo su cuerpo. Mandóla el Conde que saliese fuera, pero ella respondió que no le permitían los términos de la honestidad mostrarse, sin primero cubrir sus carnes [...]. Arrojóla el gabán, y obedeció la Santa al mismo punto .»[30]

Cargadas de significado doctrinal son las palabras que le dirige la Virgen, en respuesta a la pena que experimenta Genoveva por su deterioro físico: «[...] Y os quejáis de haber perdido la belleza, creedme que si no hubiésedes sido tan hermosa, jamás hubiésedes sido tan desdichada, y que la hermosura ha causado la pérdida de la mitad del mundo [...]; si vos supiérades cuan bien le parece a mi hijo lo tórrido y áspero de vuestro rostro, jamás deseárades haber sido hermosa [...]»[31].

La identificación de mujer e hijo sumen a Sigifredo en profundo arrepentimiento. Los hace llevar con todos los honores al castillo. En cuanto al traidor Golo, ordena que sea ejecutado mediante un tormento tan cruel como lo fue su infamia.

Poco tiempo después muere Genoveva, previo anuncio de la Virgen María. La cierva permanece sin comer junto a la tumba de su ama hasta que pierde la vida por inanición.

Sigifredo manda construir una capilla, que consagra San Hidulfo, prelado de Tréveris, en el lugar donde Genoveva y su hijo permanecieron siete años. Asímismo, hace edificar otras ermitas próximas; y él, junto con su hijo Tristán, se hacen ermitaños.

Diríase que la ejemplaridad de esta penitente se complementa con el arquetipo de las dos eremitas anteriores, por cuanto representa la esposa y madre modélica, que prefiere la calumnia e incluso la muerte antes de traicionar sus principios morales y religiosos. De hecho, su vida fue recreada para «legenda» en la Edad Media.

En cuanto a la aceptación popular, la figura de Genoveva de Brabante traspasa las fronteras de la Edad Moderna y mantiene el interés del público hasta bien entrado el siglo XX. Ya me he referido a la biografía de Cerisiers; otra se debe al capuchino Martín von Kochem (1712). Maler Müller (1749-1825) escribe para el teatro Golo y Genoveva (Golo und Genoveva). También Ludwig Tieck (1773-1853) repitió el tema en Vida y muerte de Santa Genoveva (Leben und Tod der heiligen Genoveffa). De especial interés, en cuanto al personaje de ficción que sigue, es la Genoveva de Friedrich Hebbel (1813-1863), ya que en este drama Golo es pariente de su marido y recibe la ayuda de una hechicera. En España, José Viñals escribe el drama Genoveva de Brabante, publicado en Barcelona el año 1889. Ya en el siglo XX, despierta singular interés la obra de Charles Péguy Los tapices de Santa Genoveva y de Juana de Arco (La tapisserie de Sainte Geneviève et de Jeanny d'Arc), publicada en 1913.

A su vez, sirvió de inspiración para grandes músicos. Valga como muestra representativa la ópera Genoveva, de Robert Schumann (1810-1856), en la que interviene una hechicera, al igual que en la citada obra de Friedrich Hebbel.

 

III.2. Beatriz, protagonista de «La perseguida triunfante»[32], de María de Zayas.

Beatriz es como un trasunto de Genoveva de Brabante. En «La perseguida triunfante» se produce el mismo triángulo. Aquí el seductor es hermano del marido. La calumnia del rechazado despierta igualmente la ira y condena del esposo, que impone un castigo cruento. Beatriz es abandonada en el bosque, tras arrancarle los ojos. También se descubrirá su inocencia y será aclamada por el pueblo; pero en este relato la heroína no muere, acaba sus días en un convento.

La vida eremítica de Beatriz constituye una de las situaciones a que se ve abocada por las sucesivas persecuciones de su cuñado, al que ayuda el Diablo bajo la caracterización de un doctor mágico (o mago). Abundan los elementos literarios propios de los milagros marianos, con la consecuente intervención de la Virgen María, cuya anagnórisis se produce casi al final, junto a la del Diablo.

La Virgen, a quien Beatriz en principio no ve más que como una bella y bondadosa señora, la rescata cuando está a punto de ser ajusticiada, bajo acusación de asesinar al hijo del emperador de Alemania. La lleva entonces:

«muy distante de allí, poniéndola entre unas peñas muy encubiertas, a la boca de una cueva, que junto a ella había una cristalina y pequeña fuentecilla, y de otro lado una verde y fructuosa palma cargada de los racimos de su sabroso fruto [...].»

Cuando queda sola, entra en la cueva:

«la cual no tenía de hueco más de algunos veinte pasos y toda era labrada en la misma peña. A un lado de ella estaba una cruz grande, labrada de dos maderos con mucho primor y curiosidad, y del clavo de los pies que tenía en los brazos, y los dichos sus tres clavos, estaba colgado un rosario y unas disciplinas, y al pie un pequeño lío, en que estaba un hábito de jerga, con su cuerda, y una toca de lino crudo, y sobre el lío unas Horas de Nuestra Señora, otras de oraciones en romance, un libro grande de vidas de santos, y enfrente de esto, unas pajas, donde podía caber su cuerpo, que a lo que la santa reina juzgó, parecía haber sido morada de algún penitente que había trocado esta vida, llena de penalidades, a la eterna. Que viendo esto, desnudándose el vestido, haciendo de él un lío, lo puso a un lado de la cueva, y vistiéndose el grosero saco, ciñéndose la cuerda y abriendo el dorado cabello con la cruda toca, se sintió tan gozosa como si estuviera en el palacio de su padre o esposo, no echando menos con el alimento que en la verde pala y clara fuentecilla halló los regalados manjares de la casa del duque ni del palacio del Emperador. Dejémosla aquí, comunicando a todas horas con Dios, a quien daba muchas gracias, junto con su santa Madre, de haberla sacado de entre los tráfagos y engaños del mundo, pidiéndoles que antes que se muriese supiese quién era aquella hermosa y piadosa señora que la había librado tantas veces de la muerte y traídola a tan sosegada vida, unos ratos orando y otros leyendo.»

A la hora de su rehabilitación:

«[...] la vieron todos con los reales vestidos que sacó de palacio cuando la llevaron a sacar los ojos y se habían quedado en la cueva, sin faltar ni una joya de las que le quitaron los monteros; tan entera en su hermosura como antes, sin que el sol, ni el aire, aunque estuvo ocho años en la cueva, la hubiese ajado un minuto de su belleza. Viendo todos [... ] cómo la Madre de Dios, Reina de los Ángeles y

Señora nuestra, tenía puesta su divina mano sobre el hombro derecho de la hermosa reina Beatriz, a cuya celestial y divina vista, el doctor que, sentado en una silla, estaba cerca de la cama de Federico, dando un gran estallido, como si un tiro de artillería se disparara, daba grandes voces, diciendo: '¡Venciste, María, venciste! ¡Ya conozco la sombra que amparaba a Beatriz, que hasta ahora estuve ciego!'. Y desapareció, dejando la silla llena de espeso humo [...][33]

La perseguida triunfante puede haberse inspirado en las leyendas sobre Genoveva de Brabante anteriores al momento de su redacción, y a la vez servir de inspiración para creaciones literarias posteriores, con intervención de una hechicera[34], así como para el Mágico Prodigioso de Calderón. Otra posibilidad es que la gran lectora María de Zayas conociera la vida del diabólico doctor Fausto nacido en Knittlingen, en el Würtenberg, hacia 1480 (+ circa 1540), del cual dieron noticia autores como Melanchton, que se relacionó con él en Wittenberg, entre 1525 y 1532; sin descartar que leyera la traducción de una obra publicada en 1587 por el impresor de Francfort, Johann Spitz, bajo el título de Historia von Dr. Johann Fausten [...] (Historia del Dr. Johann Fausto, el famosísimo mago y nigromante. De cómo empeñó a plazo fijo su alma al Diablo y de las singulares aventuras que vio y corrió él mismo o provocó en los demás, hasta que finalmente recibió su bien merecido galardón) o de la Tragical History of doctor Faustus (La trágica historia del doctor Fausto), del poeta inglés Christopher Marlowe (1564-1593), drama en verso y prosa, publicada anónima en 1601 y con nombre del autor en 1604. Incluso, tal vez oyera el relato de viva voz en la corte literaria del virrey de Nápoles, Conde de Lemos, o dentro de los círculos literarios que la novelista madrileña frecuentó en España.

 

 

IV) Una eremita inmersa en la Reforma carmelitana. Catalina de Cardona.

 

He dejado para el final el personaje más cercano en el tiempo y más próximo a la realidad. No obstante, antes de adentrarme en este apartado, quiero hacer la salvedad propia de toda información, aun cuando proceda de fuentes primarias. Sabemos a cuantas falsedades da lugar el embeleso y la fascinación con que los escritores tratan a sus biografiados objeto de veneración; por otra parte, no olvidemos las intenciones de proselitismo ejemplarizante que subyacen en los escritos hagiográficos. A mayor abundamiento, en el caso de esta controvertida eremita frailesa es muy importante considerar la pugna entre dosgrupos que intentan defender sus criterios, apoyándose cada uno en la mujer que mejor responde a su modelo de vida religiosa. Catalina de Cardona llegó a ser erigida en baluarte por el sector más radical de la Reforma carmelitana, frente a la Madre fundadora Teresa de Jesús[35].

Tomo los datos biográficos que siguen de seis carmelitas, tres hombres y tres mujeres[36]: Tomás de Jesús[37], Ángel de la Presentación, Juan de Jesús Roca, dos monjas de sendos conventos carmelitanos y de la propia Teresa de Jesús.

Esta singular figura del siglo XVI, vino al mundo en Barcelona, «de padre y madre catalanes». «No nació de legítimo matrimonio, sino que fue natural y por esto la llevó su padre a Nápoles sin su madre[38], y [...] la metió en un monasterio de monjas capuchinas, adonde estuvo hasta que la casó con un caballero muy principal». Llegó a ejercer tal influencia en su marido que logró «se diese a servir a Dios con grandes veras» hasta su temprana muerte, lo cual sugiere al Padre Roca que aun «cuando esta santa mujer no hubiera hecho cosa, sino ganar el alma de un hombre mozo para el cielo, habría sido bien empleado su casamiento. En muriendo su marido, se volvió al monasterio de las capuchinas, viviendo en continua oración y penitencia». Salió del mismo para acompañar a España a la Princesa de Salerno, que había sido reclamada por el Emperador Carlos V. Muerta la Princesa, Catalina permaneció algún tiempo en palacio al servicio de Felipe II, como «guarda-damas de la reina y aya de los príncipes».

Mantuvo estrechas relaciones con don Juan de Austria y los príncipes de Éboli. De hecho, cuando siente la llamada divina a la vida eremítica, son estos personajes los primeros en conocer y favorecer sus intenciones. Para la consecución de tal propósito se valió de:

«un ermitaño de santa y aprobada vida, llamado el Padre Piña, el cual, después de haber estado en Roma y visitado los Santos Lugares de Jerusalén, hizo una ermita en un monte alto ribera del río Henares, encima de Alcalá la Vieja, que agora llaman la Veracruz, donde se recogió a hacer penitencia. Y era por su mucha santidad muy conocido y estimado de todos los hombres graves y doctos de aquella Universidad [...]. El ermitaño, que era prudente como santo, aceptó el servirle [...] con condición que nuestro Señor abriese el camino y diese más claramente a entender su voluntad, porque él por entonces no hallaba modo para la ejecución de este hecho que no fuese indecente o escandaloso. [... ] Su Majestad le inspiró encaminase el negocio de esta manera: Primeramente que hablase solamente al Príncipe don Juan de Austria, el cual le guardaría el secreto y por el amor que la tenía le ayudaría a su intento, y escribiría al obispo dónde se tomase la ermita para que le hiciese respetar, sin hacer más escrutinio de quién era. Demás de esto, le dijo se vistiese de un hábito pardo con su capilla, al modo que andaba aquel padre ermitaño [... ] y que cuando estuviese en un lugar que se llama Estremera (que está cinco o seis leguas de Alcalá), donde iría presto en compañía de los Príncipes [de Éboli], podría desde allí salirse, y que avisase esto al ermitaño, y que fuese por allá sin miedo ni temor ninguno, que su Majestad les ayudaría. Comunicó otro día con el ermitaño lo que nuestro Señor le había dado a entender y a él, pareciéndole claramente que éste no era pensamiento humano sino traza y ordenación del cielo, vino de buena gana en todo lo que la santa decía, y concertó con ella la llevaría a un desierto de mucha aspereza, que a su parecer era muy a propósito para su intento [...]. Era el lugar en que este padre había puesto los ojos un desierto montuoso de grandes espesuras, de romerales y jarales y algunas encinas, en el Obispado de Cuenca, y juntamente se ofreció de ir a Estremera [...]. Dentro de pocos días, se ofreció ocasión que el príncipe Ruy Gómez fuese a Estremera a ver aquel lugar que poco antes había comprado, el cual rogó a doña Catalina, como la amaba tanto, se fuese en compañía suya y de la Princesa su mujer [...]. Habló al príncipe don Juan de Austria, y diole cuenta de sus intentos y díjole era aquella voluntad divina [...]. Ofrecióle juntamente un perpetuo cuidado de rogar a nuestro Señor por él y pidióle el secreto y la carta para el Obispo de Cuenca [...].

Dispuesta a emprender su nueva forma de vida, desnudóse el hábito de matrona, y tomó luego unas tijeras y comenzó a cortarse el poco cabello que tenía. Y púsose un hábito y capilla de ermitaño pardo y grosero. Le parecía ya que con la mudanza del hábito se mudaba en otra persona diferente, y que con él se vestía todas las condiciones de un varón fuerte y esforzado, tal cual se requería para aquella nueva milicia para que se armaba y vestía [...]. [...] El Padre Piña topó con [...] una torrontera que tenía un solapo debajo y se cubría con unos atochos (atochas). Y allí hizo una cuevecica para su habitación con otra más chiquita más adentro, que le servía de oratorio, y le puso una portecica; y llevó allí a la madre santa y dejósela a la disposición de la divina providencia. El lugar era muy a propósito, por ser un desierto muy solo y de buenas vistas, y con el río Júcar cerca, y el convento de los trinitarios poco más de media legua, adonde acudía a confesar y comulgar dos veces cada semana.

Procuró en esta soledad encubrir que era mujer, y así se puso en hábito de los religiosos de San Francisco de Paula, descalza y el cabello cortado como fraile lego; y salió tan bien con su intento, que después de mucho tiempo, cuando se descubrió que estaba allí, los labradores que por aquella comarca estaban en sus quinterías no consentían a sus mujeres que la tratasen, con temor de que era hombre, aunque juzgaban que era eunuco; y ella procuró celar tanto este secreto, que ni aún a su confesor no lo descubrió [...]. También procuró mantener oculto el lugar donde se cobijaba; pero pasado el tiempo unos pastores lo descubrieron y desde entonces «se comenzó a frecuentar algo la cueva.

Aunque toda su vida la santa madre fue muy penitente [...], después que vino al desierto fue con mucho extremo, como lo afirmaba el Padre Salazar, diciendo que dende Santa María Egipciaca no se había visto penitencia como la de esta santa; y así, cuando murió no le hallamos en un arca otra cosa, sino instrumentos de penitencia [...]. Su bebida fue siempre agua y el vino aborrecía por extremo, como lo vimos en lo último de su vida, que ordenándole que tomase un poco por vía de medicina hizo muchos ascos con él, con no tener melindres de mujeres, porque siempre tuvo ánimo y pecho de varón. [... ] Estando un día en oración, pidiendo a nuestro Señor qué haría de esta ermita, porque quedase en servicio de Dios, y a la parte de el evangelio adonde está ahora el altar mayor, se le apareció nuestro Padre Elías, vestido de nuestro hábito [...], y le dijo que fundase allí un convento de su Orden [...]. A este tiempo, el Padre Mariano de San Benedicto supo cómo esta santa hacía vida tan perfecta en esta cueva, e inspirado de Dios la fue a buscar [...], la llevó a Pastrana y allí le dieron el hábito de nuestra Orden con capilla, porque aborrecía mucho el parecer mujer, y esto le movió a hacer el convento de frailes y no de monjas [...].

[... ] Pidió al Rey don Felipe II le hiciese merced de darle tierra para fundar su monasterio, y le dio un cuarto de legua en cuadro, que es una legua de circunferencia.

Al tiempo de recibir dicha dádiva, se cuenta que la Cardona tuvo noticia de que el Rey estaba dispuesto a castigar severamente a don Gonzalo Chacón por un desliz amoroso con una dama de Palacio. Se presenta entonces ante la reina Ana de Austria y le encomienda transmita a su regio esposo el siguiente mensaje: «Al fin, ¿que no quiere perdonar el Rey a don Gonzalo?; pues ve y dile que se acuerde que es hombre, y que bien sabe que yo lo sé; que meta la mano en su pecho y verá que halla en que tropezar, que perdone a don Gonzalo si quiere que Dios le perdone. [...] Se suspendió la ejecución hasta que los reyes de Castilla y Portugal se vieron en Guadalupe; y en aquella visita la primera merced que el Rey don Sebastián pidió a su Majestad [...] fue la libertad de don Gonzalo; y así se le concedió

[...].».

Entre los frailes que llevó consigo para la fundación de su convento, se encontraba Fray Juan de la Miseria, muerto en olor de santidad, al que hoy se recuerda prioritariamente como retratista de Santa Teresa de Jesús.

Sobre su aspecto físico, me valgo de las relaciones de dos carmelitas descalzas, que tuvieron ocasión de conocerla en sus respectivos conventos:

«Estando yo, Isabel de San Gerónimo, religiosa descalza en el monasterio de Pastrana, de Ruy Gómez de Silva, oímos decir de una santa que estaba en un yermo y que todos decían vamos a ver a 'la buena mujer'. Comunicámoslo con la Princesa[39], y ella habíala tenido en su casa, y envió por ella al Padre Mariano por darnos gusto [...]. Luego, en llegando, trájonosla la princesa a casa. Holgámonos mucho de verla. Era pequeña de cuerpo, ya vieja[40] con un color como de tierra y el rostro alegre y agradable. Traía a raíz del cuerpo una túnica de sayal grueso, y encima un hábito de buriel y con una capilla en la cabeza como fraile y un manto de lo mismo, y ceñida con un cordón de San Francisco [...]. Traía un cilicio de cardas, otras veces tomizas de esparto con nudos gruesos, otras de cerdas de caballos. Disciplinábase con cadenas de hierro, otras veces con rodecillas [sic][41] de abrojos. Todo lo que tocaba a ella daba de sí grande olor.

Muchas veces la abrazaba y me consolaba de ver el olor que salía de su cabeza y cuerpo. Dormía en una cama muy áspera a raíz del suelo

[...].»

La otra carmelita, Isabel de San Francisco, relata:

«Siendo yo novicia en la Casa de Toledo, vi en ella a la santa ermitaña doña Catalina de Cardona, con un hábito de buriel y capa blanca, y en la cabeza un pedazo de estameña que se prendía con un alfiler debajo de la barba. Su rostro era del color de raíces de algunos árboles. Trataba con tanta afabilidad que nos contó y mostró un Cristo que hizo el milagro [...] de levantarse en el aire la mañana que partió para el desierto [...] donde se les pareció una cueva en que estuvo dos o tres años sin comer pan, y para beber iba a un río muy lejos de la cueva[42]. Díjonos de sus grandes penitencias, de los espantos que los demonios la ponían, los milagros que nuestro Señor obró por ella, los deseos que tuvo de fundar convento allí del Orden franciscano y por revelación entendió que [... ] fuese de su Santísima Madre [...].»

Fray Ángel de la Presentación, que permaneció un año en el Convento de la Roda, desde mayo de 1576, y recibió directamente las confidencias de la eremita, comenta cómo:

«siempre, desde muy moza tuvo deseo y espíritu de soledad y procuró muchos años irse al desierto como aquellos santos ermitaños o como Santa María Egipciaca, con quien tenía mucha devoción; y consultado este intento con sus confesores y muchos letrados, todos respondían que era tentación y más siendo mujer [...].»

Se sabe que, además de los religiosos ya citados, también el franciscano Fr. Francisco de Torres[43], alentó las ilusiones de la Cardona, lo mismo que el carmelita Fray Juan de la Miseria, ya citado. El carmelita Ángel de San Gabriel, uno de sus más fervientes devotos, la califica de «varoníssima, por ser tan valerosa en penitencia», y añade en un memorial escrito con la intención de elevarla a los altares:

«[...]. El mayor milagro y testimonio de la santidad de nuest[ra] ermitaña eliota[44] es haberle imitado [a] los frailes descalzos y seguido más el eliota rigor de su [e]sp[írit]u y penitencia que no la suavidad recta de la madre Teresa; porque, como a la madre Teresa Dios le dio todo el primor de perfección a que pueden imitar y llegar mujeres, así a la madre Cardona le dio todo el valor y rigor de espíritu de Elías, a que tendrán bien que hacer en llegar los más arriscados hombres, y ha querido nuestro Señor sacar verdadera a su valerosa Cardona, que dijo: «Funde la madre Teresa de Jesús monasterios de monjas en norabuena, que Dios no me llama a mí sino para fundarle de frayles. Yo pedí a Dios frailes que continuasen los servicios que le hacía en la vida eremítica» [...][45]

Diríase que, con tal afirmación, Catalina de Cardona revela su rechazo al papel asignado a la mujer religiosa, lo que la mueve a integrarse dentro del sector masculino. ¿Transgresión de género? Indudablemente es la suya una actitud rebelde e individualista. ¿Subyace algún profundo desengaño o experiencia traumática? ¿Qué causas la inducen al heroísmo de días y años en medio de la soledad, el abandono, la indigencia, la incomodidad...? En cualquier caso, su fe no admite interrogantes.

Teresa de Jesús contempla con admiración a esta singular penitente carmelitana, quizás por su manifiesta tendencia al eremitismo. Así, en sus Constituciones (Cap. 6, párr. 17) establece: «[...] Sea la casa pequeña y las piezas bajas; [... ] y la cerca alta y campo para hacer ermitas para que se puedan apartar a oración, conforme lo que hacían nuestros Padres santos». Y en Camino de Perfección (2a redacción): «[...] porque el estilo que pretendemos llevar es no sólo de ser monjas, sino ermitañas» [...] (Cap. 13, párr. 6)[46].

En el Libro de las Fundaciones ( Cap. 28), al relatar «La fundación de Villanueva de la Jara»[47], Teresa de Jesús se refiere a Catalina de Cardona elogiosamente, haciendo una amplia semblanza de la misma, como mujer modélica a imitar:

«Paréceme no será cosa ociosa tratar aquí algo de su vida [...] y para que viendo la penitencia de esta santa, veáis, mis hermanas, cuán atrás quedamos nosotras, y os esforcéis [...]. Algunas veces que me escribió, sólo firmaba: la pecadora [48] [...] (pár. 21).

[...] Era grande su sencillez y debíalo ser la humildad. Y como quien tenía entendido que no tenía ninguna cosa de sí, estaba muy lejos de vanagloria [...]. (pár. 26)

Dijo que había estado ocho años en aquella cueva y muchos días pasando con las hierbas del campo y raíces; porque como se le acabaron tres panes que le dejó el que fue con ella, no lo tenía hasta que fue por allí un pastorcico. Éste la proveía después de pan y harina, que era lo que ella comía, unas tortillas cocidas en la lumbre, y no otra cosa [... ] (pár. 27)

Después que hizo el monesterio, todavía se iba - y estaba y dormía -a su cueva, si no era ir a los oficios divinos [...]. (pár. 28) [...] En el monasterio de Pastrana, en la iglesia de San Pedro - que ansí se llama - tomó el hábito de nuestra Señora, [el día 6 de mayo de 1571 (se lo dio el padre prior, Baltasar de Jesús, en presencia de los príncipes de Éboli), aunque no con intento de ser monja ni profesar, que nunca a ser monja se inclinó; como el Señor la llevaba por otro camino, parecíale le quitaran por obediencia sus intentos de asperezas y soledad. Estando presentes todos los frailes, recibió el hábito de nuestra Señora del Carmen. (pár. 30)

De aquí de Pastrana comenzó a procurar la santa Cardona con qué hacer su monesterio y para esto tornó a la Corte, de donde con tanta gana había salido - que no le sería pequeño tormento -, adonde no le faltaron hartas murmuraciones y trabajo [...]. (pár. 32) En la Corte y otras partes le dieron para poder hacer su monasterio, y llevando licencia se fundó. Hízose la iglesia adonde era su cueva, y a ella le hicieron otra desviada, adonde tenía un sepulcro de bulto [...]. Duróle poco, que no vivió sino cerca de cinco años y medio después que tuvo allí el monasterio, que con la vida tan áspera que hacía, aun lo que había vivido parecía sobrenatural. Su muerte fue de mil y quinientos y setenta y siete a lo que ahora me parece .[49] Hiciéronle las honras con grandísima solemnidad, porque un caballero que llaman fray Juan de León tenía gran devoción con ella, y puso en esto mucho. Está ahora enterrada en depósito en una capilla de nuestra Señora, de quien ella era en extremo devota, hasta hacer mayor iglesia de la que tienen para poner su bendito cuerpo como es razón. (pár. 33)

[... ] Yo me consolé muy mucho [...], porque veía que la que había hecho allí la penitencia tan áspera, era mujer como yo y más delicada, por ser quien era, y no tan gran pecadora como yo soy [...]. (pár. 35) Acabando de comulgar un día en aquella santa iglesia, me dio un recogimiento muy grande con una suspensión que me enajenó. En ella se me representó esta santa mujer por visión intelectual, como cuerpo glorificado, y algunos ángeles con ella; díjome que no me cansase, sino que procurase ir adelante en estas fundaciones. [...]. (pár. 36)».

En Catalina de Cardona parece latir también el espíritu reformista, si acaso extremado, por cuanto busca volver a las raíces de la primitiva observancia carmelitana. De ahí el entusiasmo que suscita entre los frailes nostálgicos de los orígenes de la Orden[50]. Quizás proceda considerar a la eremita «frailesa» precursora de los «desiertos» de padres carmelitas que, dentro del Carmelo reformado, inicia Fray Alonso de Jesús María[51] en 1592, con la fundación del desierto de Bolarque, para reimplantar la vida eremítica. Así serefleja en las Noticias historiales, que se escribieron con destino al quinto tomo de la Reforma:

«Entre todas las obras heróicas que nuestro Venerable Padre Fray Alonso emprendió, [... ] ninguna más ardua, más gloriosa, ni que descubriese más [... ] la varonil constancia de que Dios le dotó como el dar principio y llevar adelante con invencible tesón este tan nuevo y tan antiguo modo de vida eremítica. [... ] Llámole antiguo porque nuestros Padres antiguos, desde la cueva de Elías en el Primitivo Monte Carmelo, la practicaron; y nuevo, porque en el Carmelo renovado por nuestra gran Madre Santa Teresa, no se había practicado cabalmente hasta entonces[52]

 

V) Conclusiones

 

 

¿Qué es antes? ¿Quién imita a quién?

Han desfilado ante nosotros cinco personajes: Los aditamentos hagiográficos convierten en arquetipos, mezcla de realidad y ficción, a María Magdalena, junto con María Egipciaca, y a Genoveva de Brabante. Beatriz, ente de ficción, parece estar inspirada en esta última. Catalina de Cardona, personaje real no exento de ornato hagiográfico, en su opción de vida eremítica emula, de manera más o menos consciente, a María Egipciaca, a María Magdalena y hasta es posible que a Genoveva de Brabante.

Sobre todas gravita la Cruz de Cristo, que da sentido a su vida en el desierto, o yermo, donde tienen por habitación una caverna. En sus vidas, se hace patente la intervención mariana. Todas se ven propiciadas por actuantes sobrenaturales. Incluso la alimentación, en mayor o menor medida, está favorecida por la Providencia divina.

Para las cuatro primeras, el origen de su desgracia se encuentra en la belleza, que las arrastra al pecado o las hace víctimas inocentes del mismo.

Otro elemento común a los personajes con base de existencia real es su relación con los clérigos regulares[53]:

-    María Magdalena con san Maximino, Obispo de Aix, junto al que había ejercido el proselitismo.

-    María Egipciaca con el abad Zósimo, en un tipo de relación que la redime de las pecaminosas mantenidas con otros hombres, en su pasado.

-    San Hidulfo, prelado de Tréveris, sacralizará la caverna en que Genoveva de Brabante había permanecido siete años.

-    Catalina de Cardona, obviamente, vive en permanente vinculación con los clérigos regulares, llegando incluso a convertirse en híbrido de mujer eremita-fraile.

La divulgación de estas figuras ejemplares responde generalmente a la defensa de posturas religiosas masculinas, que intentan imponer las formas de vida espiritual más acordes con sus intereses, no siempre idealistas. De ahí que dentro del contexto social de cada época se generen mitos y arquetipos, a partir de personajes reales o imaginarios, y que en muchos casos resulte difícil discernir quién imita a quién; cuándo el propio mito humano reproduce un ente de ficción; cuándo el ente de ficción nace inspirado por un arquetipo que procede de la realidad; cuándo un personaje real transforma su propia identidad emulando un mito; cuándo la vida se modifica contagiada por la ficción, cuándo la ficción contagia a la vida ...

María Magdalena, la eremita emblemática, es un claro exponente del dilema realidad-ficción / ficción-realidad. Porque, aun siendo anterior en el tiempo, bien pudo tomarse a María Egipciaca como modelo para recrear la hagiografía de María Magdalena y completar esos años ignorados de su existencia, tras la resurrección de Cristo. A su vez, así como Genoveva de Brabante pudo inspirar la Beatriz de María de Zayas; María Magdalena y María Egipciaca - sin descartar a la propia Genoveva - pudieron ser emuladas por mujeres reales, como evidencia Catalina de Cardona.

De lo expuesto se deduce que no cabe una respuesta categórica, sino relativa. A veces, la realidad imita a la ficción; otras, la ficción se nutre de la realidad. A veces, la literatura recrea la vida; otras, la vida se transforma a semejanza de la literatura.


 

 

 

 

notas

 

[1] En Jesús ÁLVAREZ, El problema del eremitismo occidental, in España eremítica. Semana de Estudios Monásticos 1963, San Salvador de Leyre, Actas VI semana, Pamplona, 1970, 31.

[2] Según la primera acepción del Diccionario de la Real Academia Española:«despoblado, sólo, inhabitado».

[3] J. LACARRIÈRE, Los hombres ebrios de Dios, (pról. Luis IZQUIERDO), Barcelona, 1964, 12, lo considera «fruto de la imaginación de San Jerónimo». Atribuye «a la envidia que en este último pudo despertar el éxito alcanzado por la biografía de San Antonio» la redacción de otra «totalmente novelada, de S. Pablo el ermitaño, compendio intachable de las virtudes más acreditadas en el desierto».

[4] En J. LACARRIÈRE, Los hombres ebrios..., ed. cit., 72.

[5] Véase Guido M. GIBERT, El eremitismo en la hispania romana, in España eremítica. Semana de Estudios Monásticos 1963, San Salvador de Leyre, Actas VI semana, Pamplona, 1970, 41-48.

[6] Véase: Manuel C. DÍAZ Y DÍAZ, La vida eremítica en el reino visigodo, in España eremítica. Semana de Estudios Monásticos 1963, San Salvador de Leyre, Actas VI semana, Pamplona, 1970,49-62.

[7] Véase Justo PÉREZ DE URBEL, El eremitismo en la Castilla primitiva, in España eremítica. Semana de Estudios Monásticos 1963, San Salvador de Leyre, Actas VI semana, Pamplona, 1970, 503. Sobre este tema, aporta un interesante planteamiento Ángela MUÑOZ FERNÁNDEZ en Oria de Villavelayo, la reclusión femenina y el movimiento religioso femenino castellano (Siglos XII-XVI), in Arenal 5, n° 1 (1998), 47-67.

[8] Hago esta salvedad, por cuanto en la Edad Moderna abundan las «eremitas urbanas», sometidas generalmente al patrocinio de clérigos regulares.

[9] Obra de Raimundo LLULL (1233-1315), dividida en cinco partes o libros, que se corresponden con los estados del matrimonio, la Religión, la prelacía (Papa y cardenales) y estado de la vida eremítica. En el Libro I, Cap VII, párr. 3 (Tomo 1), se relata la decisión de Blanquerna de «retirarse al desierto a servir a Dios en vida eremítica», siguiendo «las pisadas de Elías, de San Juan Bautista y de los demás santos Padres del yermo, quienes para huir las vanidades del mundo, y vencer las asechanzas del enemigo y las rebeldías de la carne, hicieron vida austera y penitente en los páramos y montes, sin que nada les estorbara la contemplación del Señor de las alturas, único principio y fin de todos los bienes». En el capítulo X, «Pártese Blanquerna al desierto [...]». Libro V, Cap. CIII (Tomo 2): «Del estado de vida eremítica, en que se trata de la alta contemplación y santa vida en que Blanquerna estuvo en su eremitorio, siendo ermitaño, después de haber renunciado al pontificado». En el mismo libro, capítulo CVI, a petición del «ermitaño de Roma, visitador de los demás ermitaños», Blanquerna promete escribir para ellos el Libro del Amigo y del Amado, que comprende el capítulo CVII, considerado «una de las joyas de la literatura mística de todos los tiempos». La edición que utilizo es la de Madrid, 1929 (dirigida por Eduardo OVEJERO Y MAURY).

[10] Raimundo LLULL, Blanquerna, ed. cit., Libro I, cap. V, párr. 10: «Señor, respondió Aloma, si para servir mejor a Dios queréis renunciar al mundo, y vuestros bienes a Blanquerna, y convenís en que nos quedemos juntos, soy contenta. En este oratorio podremos adorar, alabar y suplicar al Señor sin cuidado de bienes temporales, ni aun del sustento corporal, que nuestro hijo Blanquerna cuidará exactamente de todo. No hay necesidad de mudar estado: si buscáis vida penitente y austera, más apta es para esto vuestra misma casa, que no la Religión, porque más secreta será en el estado del matrimonio. Si queréis que para esto pasemos a un desierto o a un monte, pronta estoy, que cuanto más austera será nuestra vida para servir al Rey de la Gloria, mayor será el júbilo de mi alma. Vivamos castos, sin gozar aun de lo que permite el tálamo conyugal. Predicaréis a todos los casados con vuestro buen ejemplo, y alentaréis a los religiosos en la perseverancia de su vocación.» Esta propuesta no llega a realizarse, como tampoco la que hace Cana a Blanquerna, en Blanquerna, ed. cit., cap. VIII, párrafos 14-15.

[11] Bajo el título Eremitismo y marginalidad en la cultura española del siglo de Oro (Comentarios al capítulo 24 de la segunda parte del Quijote), Fernando R. DE LA FLOR aporta un documentado e interesante artículo en Via Spiritus (2000), 31-65.

[12] «Pero estórbamelo el deciros primero cómo dentro de un año volvieron mis criados y trujeron consigo a mi adorada Eusebia, que es esta señora ermitaña que veis presente, a quien mis criados dijeron en el término que yo quedaba, y ella, agradecida a mis deseos y condolida de mi infamia, quiso, ya que no en la culpa, serme compañera en la pena, y embarcándose con ellos, dejó su patria y padres, sus regalos y sus riquezas, y lo más que dejó fue la honra, pues la dejó al vano discurso del vulgo, casi siempre engañado, pues con su huida confirmaba su yerro y el mío. [...]. Dímonos las manos de legítimos esposos, enterramos el fuego en la nieve, y en paz y en amor, como dos estatuas movibles, ha que vivimos en este lugar casi diez años, en los cuales no se ha pasado ninguno en que mis criados no vuelvan a verme, proveyéndome de algunas cosas que en esta soledad es forzoso que me falten. Traen alguna vez consigo algún religioso que nos confiese. Tenemos en la ermita suficientes ornamentos para celebrar los divinos oficios. Dormimos aparte, comemos juntos, hablamos del cielo, menospreciamos la tierra, y confiados en la misericordia de Dios, esperamos la vida eterna». Las consideraciones que siguen de Rutilio y Mauricio ponen de manifiesto la diferenciación que establece Cervantes entre los distintos tipos de ermitaños.

[13] Pedro MALON DE CHAIDE, La conversión de la Magdalena, (ed., prólogo y notas del P. Félix GARCÍA), Madrid, 1947, t. III, 9. La primera edición de esta famosa obra de Malon de Chaide salió a la luz en Barcelona el año 1588. El propio autor anticipa su estructura y contenido en la dedicatoria del autor «A la ilustre señora doña Beatriz Cerdán y de Heredia, religiosa en el Monasterio de Santa María de Casbas, en Aragón», 53-54: «[...] Se divide en cuatro partes: porque, puesto que siguiendo la cuenta del Evangelio, bastaban solas tres, conforme a los tres estados que de la Magdalena nos pinta: el primero, es de pecadora; el segundo, de Penitente; el tercero, de gracia y amistad de Dios. Con todo eso, yo he antepuesto otra parte a estas tres, que es el primer estado del alma antes del pecado, por parecerme necesario de saber cómo va cayendo del estado de gracia en el de pecado, y para que de esta manera le hiciésemos la cama al Evangelio y a sus primeras palabras». En el Prólogo del P. Félix GARCÍA, 19-20 leemos: «[... ] Lleva cuatro dedicatorias a doña Beatriz Cerdán y de Heredia, y en ellas manifiesta la profunda gratitud y deuda en que estaba con la referida religiosa, la cual, probablemente, como insinúa R. del Arco, debió de servirle no poco, por mediación de su hermano, que a la sazón era gobernador de Zaragoza, cuando Felipe II celebró Cortes en Monzón el año de 1585. [...]».

[14] En Mateo, véase 28. 1-10; en Marcos, 16. 1-10. Este atestigua cómo «se apareció primero a María Magdalena, de quien había echado siete demonios».

[15] Los «Apócrifos de la pasión y resurrección» reproducen una carta de Tiberio a Pilato, en la cual el emperador romano recrimina a éste «la osadía de condenar a muerte a Jesús Nazareno de una manera violenta y totalmente inicua [...]. Pues -manifiesta- ha venido a mi presencia una mujer, la cual se dice discípula de El (es María Magdalena, de quien, según afirma, expulsó siete demonios), y atestigua que Jesús obraba portentosas curaciones [... ] con sola su palabra. ¿Cómo has consentido que fuera crucificado sin motivo alguno? Porque, si no querías aceptarlo como Dios, deberíais al menos haberos compadecido de El como médico [...].» En Los Evangelios Apócrifos, Madrid, 1975, 474-475

[16] Para esta obra del siglo XIII, utilizo la versión traducida del latín por Fr. José Manuel MACÍAS, bajo el título de La leyenda dorada, Madrid, 2001, (10a reimpresión).

[17] «Así que en la Magdalena el traerse galana, el preciarse de ello, el gustar de ser celebrada por muy dama, la trajo a tanta perdición que ya, como a pública infame, la llamasen la pecadora», en Pedro MALON DE CHAIDE, La conversión... , ed. cit., tomo primero, parte segunda, 246.

[18] Flos Sanctorum, Sevilla, 1569, fol. CCXCVII r y v; se atribuye generalmente a Fray MARTÍN DE LILIO, que prologó y realizó esta edición. El Profesor José Fradejas estima que su verdadero autor fue Gonzalo de Ocaña (s. XV).

[19] En Flos Sanctorum, ed. cit., fol. CCXCVII v.

[20] Georges DUBY, Leonor de Aquitania y María Magdalena, Madrid, 1996, 42-44, afirma: «Sin ninguna duda, fue en el segundo cuarto del siglo XI cuando las reliquias fueron "inventadas", como se decía entonces, es decir, descubiertas. [...] Las reliquias de María Magdalena en Vézelay, y [...] las reliquias de su hermano Lázaro en Autun. En el caso de Vézelay y de la Magdalena interviene de forma decisiva la empresa de reforma.»

[21] Pedro MALON DE CHAIDE, La conversión..., ed. cit., Tomo I, 81-82: «Tratado de la conversión de la gloriosa María Magdalena. Sobre el evangelio que se pone en su fiesta».

[22] Pedro MALON DE CHAIDE, La conversión..., ed. cit., Parte segunda, 189, 246, 289-290.

[23] Pedro MALON DE CHAIDE, La conversión..., ed. cit., Tomo III, 56-57.

[24] Pedro MALON DE CHAIDE, La conversión..., ed. cit., Tomo II, Parte tercera, 273-274.

[25] Véase Manuel ALVAR, Vida de Santa María Egipciaca, Madrid, 1970, 12-14. Para el poema, utilizo Manuel ALVAR, Vida de Santa María Egipcíaca, in Antigua poesía española lírica y narrativa, México, 1970, 53-126.

[26]  A Zósimo en la Legenda, en el Flos Sanctorum al que me vengo refiriendo, se le llama Zozimás; en el poema español, Gozimás.

[27] Su plasmación escultórica coincide con la descripción de P. MALON DE CHAIDE, La conversión..., ed. cit., t. I, parte 2a, 241: «[...] luego te ponen, en lugar de camisa, un pedazo de jerga, atada con una cinta de esparto, pareciéndosete los brazos y carnes desnudas.»

[28] De la obra dramática de J. PÉREZ DE MONTALVÁN, Comedia famosa. La gitana de Menfis, Santa María Egypciaca, solo he localizado una edición de 1738, en la Biblioteca Nacional de Madrid. En cuanto a La muger fuerte assombro de los Desiertos Santa María Egipciaca, de Andrés SÁNCHEZ DE VILLAMAYOR, tampoco he localizado la primera edición, sí la segunda, de 1685, dedicada por el autor a Mariana de Austria.

[29] Padre CERISIERS de la Compañía de Jesús, Historia de la vida de Santa Genoveva princesa de Brabante, Bruselas, 1717. Esta nueva edición fue dividida en capítulos, corregida y puesta en buena orden por Francisco SOBRINO. (Incluye las aprobaciones dadas en el siglo XVII, una en París el 6 de noviembre de 1674 y otra en Bruselas el 14 de junio de 1675). La cita en el prólogo «Al lector».

[30] En Padre CERISIERS, Historia de la vida..., ed. cit., 151.

[31]  En Padre CERISIERS, Historia de la vida..., ed. cit., 118.

[32] María de ZAYAS Y SOTOMAYOR, Desengaños amorosos. Parte Segunda del Sarao y entretenimiento honesto de Doña María de Zayas y Sotomayor, (ed. de Agustín G. de AMEZÚA Y MAYO), Madrid, 1950. Es el IX Desengaño, que se corresponde con la noche novena.

[33] En María de ZAYAS Y SOTOMAYOR, Desengaños amorosos..., ed. cit., 392-394 y 407.

[34] Así las respectivas obras de de Friedrich Hebbel y Robert Schumann, a las que acabo de hacer referencia, con la intervención igualmente mágico-malévola de una hechicera.

[35] A cuatro siglos de distancia, el docto carmelita descalzo Efrén DE LA MADRE DE DIOS (a quien tuve el privilegio de tratar) manifiesta una marcada oposición al modelo representado por Catalina de Cardona, en su documentada e interesantísima obra, de la que es coautor Otger STEGGINK, Tiempo y vida de Santa Teresa, Madrid, 1977, especialmente 474-486. Para los cinco primeros, Manuscrito 3.537, de la Biblioteca Nacional de Madrid, fols. 322-377r. y 395.

[36] Para los cinco primeros, Manuscrito 3.537, de la Biblioteca Nacional de Madrid, fols. 322-377r. y 395.

[37] Fray Tomás de Jesús fue fundador de la Provincia carmelita de Flandes y Prior del Yermo de San José, del Monte Carmelo. Dejó escritos nueve capítulos de una biografía sobre Catalina de Cardona, que pensaba dedicar a la reina Margarita de Austria. Por lo que fuera, la obra quedó interrumpida. De haber salido a la luz, cabría sumarla a las hagiografías al uso propias de la Edad Moderna.

[38] Esta información la facilita fray Juan de Jesús Roca a fray José de Jesús María en carta del 7 de enero de 1621. Explica que había sido depositada en un monasterio a tan temprana edad, como solía hacerse con las hijas naturales de la nobleza. Ello no se opone a que - como afirma fray Tomás de Jesús -, descendiera de la nobilísima y antiquísima familia de la casa del Duque de Cardona, su padre fuera un caballero llamado don Ramón de Cardona, Marqués de la Padula, y su madre una señora parienta del Príncipe de Salerno.

[39] Obviamente se refiere a la Princesa de Éboli, esposa de Ruy Gómez de Silva.

[40] Por entonces, contaba cincuenta y dos años; Teresa de Jesús, cincuenta y seis.

[41] Posiblemente «ruedecillas». En el Tesoro de la Lengua Castellana o Española, de Sebastián de COVARRUBIAS, dice: «En las disciplinas de los que por devoción se azotan, ponen unos abrojillos de plata con que se sacan mucha sangre» (Definición de la palabra abrojo: «tríbulo»; de ahí, tribulación).

[42] Veremos más adelante en Teresa de JESÚS, Fundaciones, 28.27, cómo la propia Catalina de Cardona decía que al dejarla en la cueva, donde inició su vida eremítica, le entregaron tres panes. Lo mismo se refleja en el Tomo I de la Reforma carmelitana (1.4, c.5, n.7), donde también se dice que acabados los panes se mantuvo de raíces y hierbas, hasta que dio con un pastor, llamado Benítez, que la proveía de pan cada tres días. El remedo de María Egipciaca es evidente.

[43] Defensor a ultranza de Juana de la Cruz, «la Santa Juana», de Cubas (Madrid).

[44] Calificativo derivado de Elías. SANTA TERESA dice, refiriéndose a él: «a quien yo conozco muy bien y le tengo por santo», en Fundaciones, 28.23.

[45] Madrid, Biblioteca Nacional: Ms. 4.213: «De la bvena mvger doña Chatalina de Cardona, heremita carmelita descalza y fundadora del Conuento heremítico de nra. señora del Socorro y de otros por su medio fundados. Los discursos que fray Ángel de San Gabriel, carmelita descalzo, su confessor y deboto hijo meditaba [...]. A fin que procuren hazer las diligencias para beatificarla y canonizarla», fols. 12r y 17v. Según el Padre Efrén, a este fraile carmelita se le apodaba «el Duro».

[46] Para las distintas citas de la fundadora abulense, sigo la edición de Efrén DE LA MADRE DE DIOS y Otger STEGGINK, Santa Teresa de Jesús. Obras Completas, Madrid, 1979; la cita en 212.

[47] Conviene aclarar cómo el Monasterio de nuestra Señora del Socorro, fundado por Catalina de Cardona, se encontraba «a unas tres leguas de Villanueva de la Jara», según informa Santa Teresa. Allí se detuvo ella; y, entre otros, hace los siguientes comentarios: «Está esta casa en un desierto y soledad harto sabrosa [...]. Salieron los frailes [... ] Iban descalzos y con sus capas pobres de sayal [...]. A mí me enterneció mucho, pareciéndome estar en aquel florido tiempo de nuestros santos padres. Entraron en la iglesia [... ] debajo de tierra - como por una cueva -, que representaba la de nuestro padre Elías. Cierto, yo iba con tanto gozo interior que diera por muy bien empleado más largo camino; aunque me hizo harta lástima ser ya muerta la santa por quien nuestro Señor fundó esta casa [...].» SANTA TERESA, Fundaciones, 28, 20.

[48] ¿Imitación casual, o consciente, de la Magdalena?

[49] Su muerte fue en La Roda (Albacete) el 11 de mayo de 1577. Fray Ángel de la Presentación, en su memorial (BNM: Ms. 3.537, fol. 343 r.) indica que murió «en la octava de la Ascensión del año de 1577, de un dolor grande que le dio el Viernes Santo, del intenso sentimiento que tuvo oyendo el oficio de la Cruz». En Efrén DE LA MADRE DE DIOS y Otger STEGGINK, Tiempo y vida..., 483, se dice que «en 1603 se trasladó el convento de La Roda a Villanueva de la Jara y se llevó también el cuerpo de la venerable ermitaña».

[50] La Orden de los Carmelitas toma su nombre del Monte Carmelo, en Palestina, donde tuvo principio. En el siglo XII, algunos cruzados se establecieron allí para vivir como ermitaños. San Alberto les dio una Regla, en 1209, que fue aprobada por el Papa Honorio III. Se inicia así: «Alberto, por la gracia de Dios Patriarcha de Jerusalem. A mis amados hijos Brocardo y los demás ermitaños, que debaxo de su obediencia habitan junto a la fuente de Elías en el Monte Carmelo [...]», (BNM: Msss. 8.693, fol 18r). Obligados por los turcos a pasar a Europa en 1229, trocaron la vida eremítica por la cenobítica, viviendo en comunidades y sólo de limosnas. La tierna devoción a María Santísima que predicaron por todas partes y la propagación del escapulario que San Simón Stock había recibido de la Madre de Dios, fueron las causas principales de los rápidos progresos de esta Orden.

[51] Fray Alonso de Jesús María tomó el hábito de carmelita descalzo en Alcalá de Henares (Madrid) y profesó en Pastrana (Guadalajara) a los 19 años, el 20 de abril de 1586. Estudió Artes, en Valladolid, y Teología, en Alcalá.

[52] Madrid, Biblioteca Nacional: Ms. 8.693, fol. 18 r.

[53] Fray Justo PÉREZ DE URBEL, El eremitismo... art. cit., 505, atribuye a los peligros que suponía la soledad total, el que los eremitas buscaran «apoyo en los monasterios, de suerte que anacoretas y cenobitas llegan a formar una sola comunidad, puesto que aquéllos acuden al monasterio de cuando en cuando, buscando la ayuda de un director espiritual y la fuerza de los auxilios sacramentales». Quizás convenga añadir que, a su vez, este tipo de relación implicaba el reconocimiento de los clérigos regulares, más aceptos para la Iglesia institucionalizada.

 

 

 

Vida de la Beata Humildad (Galleria degli Uffizi, Firenze) de PIETRO LORENZETTI( 1280-1348). Hacer clic sobre la imagen

 
 
 

 

 

 Mujeres eremitas y penitentes.
Realidad y ficción

 

 

María Isabel B. Carneiro

Via spiritus 9 (2002) , páginas 185-215